Su familia era un manojo de
nervios. Cuando tuvieron que empezar a compartir las bolsitas de tila, la
bancarrota le pareció ya irreversible.
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En su primer día como
examinador de tráfico, fingió confundir su botella con la de tila del joven
imberbe.
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Al comenzar la crisis, intercambió
su plantación de ciruelos por otra de tilos. Ahora cada sábado brinda junto al
vendedor de sogas.


Ya sabes que los hiperbreves no admiten comentarios. El del examinador de tráfico ya me lo contarás. A ver si te animas a escribir.
ResponderEliminarAré lo que pude. Un abrazo.
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